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Columna Política “La Feria”, Sr. López (13-III-19).- Tío Juvenal murió de 98 añitos. No fue un hombre de estudios y poco sabía aparte de leer, escribir y aritmética (si le decía usted que el Estrecho de los Dardanelos era parte del intestino, respondía serio: -“Hoy aprendí algo”), pero con su ferretería hizo los suficientes millones de dólares como para que alguna gente lo respetara más que a un tipo con seis doctorados, ya ve como hay gente. Murió viudo (claro) y dejó tres hijas (ya con nietos), y un hijo varón, tío Oscarito, necio, amargado por haber sido empleado de su papá 56 años y más desconfiado que una novicia en un cuartel. El caso es que estuvo de terco en que sus hermanas le otorgaran poderes para ser el administrador único de todo lo que heredaron los cuatro, parejito… no fuera a ser que sus cuñados. Total: le firmaron poderes amplios, sin límite y cuando el banco avisó que había dilapidado la mitad de lo heredado, anularon todo y le dejó de hablar toda la familia, incluido el perico de la abuela Virgen. Decir su nombre estaba prohibido… ¡se contaba cada cosa!

Nuestro Presidente, tiene todo el poder, legalito. Su cargo, por abrumadora mayoría creciente. El Legislativo, con mayoría natural y la inercia bajuna. El Judicial, por la prudencia que impone tamaña autoridad. Las fuerzas armadas por disciplinados que son; la prensa porque el hambre da cornadas más duras.

Ha pasado antes, en México, mucho, y en el mundo también. Para no machacar más con ejemplos del pricámbrico clásico, veamos otras naciones, sin que piense usted que son comparaciones, no, son analogías lejanas nada más, de cómo le va a los que tienen todas las riendas en sus manos.

Sin irnos hasta Julio César, veamos el caso de don Bonaparte, el Napoleón que pasó de Premier Cónsul de la República a Cónsul Vitalicio y ya en esas, a Emperador en mayo de 1804. En Francia echaron cuetes. Era más popular que Pedro Infante, Chente Fernández y el Juanga, juntos. Sí… pero después de hilar victoria tras victoria (le encantaba el pleito), se tropezó ¡con Rusia!, y ya hecho cisco por el Padrecito Invierno y la inimaginable capacidad de sufrir de ese pueblo, se aliaron el Reino Unido, España, Portugal, Austria, Suecia… y Rusia, claro, para destrozarlo en La Batalla de las Naciones (Leipzig, 16 de octubre de 1813, busque en Google el monumentito que aún está ahí… se le va a caer la mandíbula). Acto seguido, los franceses le cargaron toda la responsabilidad al que tuvo todo el poder. Exiliado en la isla de Elba (a 20 km de la costa de Italia), se escapó (como el Chapo), recuperó el poder (como el Chapo), lo volvieron a prender (como al Chapo), y ya no escapó (como el Chapo), porque lo mandaron a otra isla, Santa Elena a medio Atlántico (donde palmó, parece que envenenado). Él solo disponía, él solo pagó las facturas. A nadie podía pedirle que le entrara con su cuerno: sólo él mandaba. ¡A fuerza! (con “h”).

Igualito le pasó a Fito Hitler, mandón único, pero más popular no se podía ser entre su pueblo ni más odiado (ya derrotado). Hay otros no pocos que pasaron del podio más alto al albañal más fétido: el Mussolini en Italia, venerado hasta la abyección (como toda veneración a un humano); en Rumania, Nicolás Ceauseescu (se pronuncia “Chausescu”); cargado de honores y títulos (entre otros el doctorado “Honoris Causa” otorgado por la Universidad Autónoma de Yucatán en 1975): ahogado por la deuda externa fue derrocado y murió fusilado, acusado de corrupto y genocida, después de 22 años de porras, confeti y ¡vivas!

Ferdinando Marcos, de Filipinas, es otro caso: después de una brillantísima carrera política, llegó legalito al poder y ya no lo soltó 21 años, reelecto cuatro veces, reformó la Constitución, cambio el Congreso por una Legislatura Nacional (a sus órdenes), y era adorado por el pueblo que lo consideraba un héroe y sentía que caía en éxtasis con sus galanos discursos (hoy le dicen populista pero entonces, sentían calientito de oírlo); arrasó con la delincuencia; recibió el poder con una crisis económica modelo “llorarás” y con el apoyo yanqui, de los empresarios de su país y una austeridad impuesta con mano de hierro, los sacó adelante; fue derrocado, los yanquis lo llevaron a vivir plácidamente en Hawaii y ahí pasó a fiambre en su cama (insuficiencia renal), para dar paso a una leyenda terrible de corrupción y abusos: hoy es detestado por su pueblo junto con  su esposa, Imelda; otra vez: toda la autoridad, toda la responsabilidad.

Igual sucedió con el shah Reza Pahlavi de Irán; con Franco en España (que ya no quieren ni que siga en su tumba); y en Perú rompen todos los records con cinco presidentes al hilo que pasaron de ídolos con todo el poder en su mano a bichos de basurero: Fujimori (encarcelado), Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala (en prisión preventiva) y Pedro Pablo Kuczynski (renunciado por el intento de indultar a Fujimori); todos acusados de distintas barbaridades: corrupción, lavado de dinero, asociación delictuosa, homicidio y secuestro, sin que se sepa qué tanto es verdad o mentira, según el cristal con que se mira. El hecho es: todo el poder, toda la responsabilidad. Sin el poder se les cargan todas las pulgas propias del poder total… son muchas.

En nuestro risueño país, toda la era del pricámbrico clásico, de Calles a Salinas, con alguna excepción (Adolfo Ruiz Cortines y pudiera ser que Ávila Camacho), todos los demás han quedado en el catálogo de esperpentos con o sin justicia, pero todos repudiados… ¿por qué?… porque el pueblo los vio tomar completito el poder y exige todo.

No es recomendable acaparar el poder. En serio. De buena fe. Sobran ejemplos de líderes que monopolizaron el poder a las derechas y a las chuecas y en vida recibieron alabanzas como para llenar albercas de babas para, a su muerte o entrega del poder, ser vistos con más asco que un papel sanitario ya embarrado de desechos sólidos de no se sabe quién (los propios no dan asco, cosas de la biología).

Quien tiene todo el poder se queda sin escapatoria.

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