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La normalidad es muy normal

Si no ocurre un tsunami en Morelia, o nos arrasa una
epidemia de sarna, o Carmen Salinas logra su viejo anhelo
de ser presidenta de México o, en fin, alguna horrenda
calamidad nos afligiera, al día siguiente de que estas líneas
son escritas cambiará de manos el gobierno de Michoacán,
en completa paz y estabilidad, merced a un proceso
institucional, regulado y aceptable –aunque algo
controvertido- por todas las partes en contienda, y así
sucedió. Conforme a la normalidad democrática, digamos.
La aburrida, anodina e insípida, pero tranquilizante
normalidad democrática por la que tanto se luchó en el
pasado.

Mucho le convendría apreciar, a quienes cuenten con menos
de treinta años de edad al momento de leer estas líneas, que
tal prodigio no siempre fue así. Hace treinta años gozábamos
de una normalidad más aburrida y ciertamente menos
democrática. En un entorno de régimen autoritario, de prensa
controlada, de partido hegemónico, sin redes sociales ni
organizaciones no gubernamentales, el cambio de gobierno
solo equivalía a un cambio de personas; una sexenal
maquilladita en el estilo, pero la propuesta y los

procedimientos siempre eran los mismos. Hoy, por fortuna,
las cosas son distintas.

Mucho convendría recordar, también, que algunos de
quienes hoy dejan el gobierno fueron parte activa en
propiciar y materializar dicho cambio. Estas personas han
vivido la paradoja histórica de luchar contra un PRI para el
que los votos ni contaban ni se contaban, sólo para llevar al
país al momento en que el PRI gane con votos que cuentan y
se cuentan. Así es la democracia. El espíritu democrático
radica no tanto en decidir entre todos como en acatar lo que
entre todos se decidió. Mal haríamos en socavar este
proceso. Es una conquista y hay que defenderla sin importar
cuantas veces se gane o se pierda en la ruleta electoral.
Habida cuenta de que el PRI no es un partido sino una
cultura política (cuyos usos y costumbres permean a toda la
sociedad) lo que hay que combatir son los resabios de tal
cultura, donde se encuentren, hasta que aún los mismos
priístas la abandonen por anacrónica y lesiva.

Hoy los peligros son otros: un país que crece y se moderniza
a ritmo trepidante con instituciones y legislación
insuficientes o rezagadas; un crecimiento explosivo del
crimen organizado que en algunas regiones se erige como un
estado paralelo; un desarrollo económico que es pujante pero
profundamente injusto. Enfrentamos grandes desafíos como
la educación de calidad competitiva, la modernización del
sistema de justicia, el empleo abundante y bien remunerado,

la cobertura total en materia de salud y los abismales
desequilibrios de un país donde coexisten no sólo diferentes
realidades económicas sino históricas. ¿Cómo hacer para
traer al siglo veintiuno a los mexicanos que viven en el siglo
diecinueve, ya sean habitantes de la Sierra Tarahumara o de
las cartolandias de la Delegación Cuajimalpa?

Por lo pronto, en Michoacán los avances obtenidos por los
gobiernos de la izquierda lucen difíciles de revertir. Veremos
si el gobierno presente puede sostener el paso y cabe
desearles que lo logren. Tres años y medio parecen poco
tiempo para concretar una obra de gobierno significativa,
pero es mucho para enfrentar problemas. Ojalá, por el bien
de todos, que sepan y puedan estar a la altura.

*Gabriel Mendoza: Escritor. Ha estado al frente de distintos cargos públicos, el más reciente la Coordinación para el Desarrollo de la Tierra Caliente Michoacana, responsable de terminar la magna Presa Francisco J. Mújica

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