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Columna Política “La Feria”, Sr. López” (11-IV-19).- Se avisa al patriótico lector de esta Feria, que es políticamente incorrectísima. Puede darla por leída, ahorrarse un berrinche y recuerdos ingratos de la subcomandanta Yolanda, “mater et magistra”, inocente de los impíos teclazos de este López:

México, nuestra querida y risueña patria, tiene sus peculiaridades, unas maravillosas y otras no tanto. Entre estas últimas se encuentran nuestros desatinos con la historia, nuestra capacidad de disimulo y la colección de frases hechas que repetimos o que oímos repetir, sin que se nos mueva el copete.

Ayer se cumplieron cien años del asesinato de Emiliano Zapata y se repitió hasta la náusea: ¡Zapata vive!… bueno, la lucha sigue y sigue.

¿Qué de veras, ya nadie escribe?, se nos han desgastado las frases bombásticas, de grandilocuencia de tres tandas por un boleto, y que de tanto repetirlas, rayan en la comicidad: ¡Zapata vive!, se dice con entusiasmo… en el recuerdo de los cien años de su muerte.

¡Como sea, zafio López! (exclama un sincero zapatista de hoy), ¡como sea!: si él falleció, sus ideales viven ¡viven!, por lo pronto: ¡Tierra y libertad! (nota impropia: la frase no es de Zapata, es de Ricardo Flores Magón, “sorry”); lo que sí decía, por si le resulta familiar, es: “Perdono al que roba y al que mata, pero al que traiciona, nunca”.

Por supuesto ayer se elevó en una competencia de discursos y babas, la figura de Zapata, a las cumbres en condominio de gigantes, santos y próceres. Claro, disimulando que en su natal Morelos, los memoriosos eventos culminaron en muestras de exaltado repudio al actual gobierno federal (cosa que uno no se explica, sus razones tendrán).

Disimulando también, que la prensa nacional de la época, difundió la noticia de la muerte del “Atila del Sur”, celebrándola: “Murió Emiliano Zapata; el zapatismo ha muerto. El sanguinario cabecilla, cayó en un ardid hábilmente preparado por el general don Pablo González” (Excelsior, portada edición del viernes 11 de abril de 1919).

Disimulando también, que “zapatismo” en esos tiempos, era sinónimo de horror en el centro del país: “(…) banda de salvajes malhechores, violadores y asesinos (…)” (no a causa de la propaganda oficial, como apunta Víctor Belén, noticieros Televisa, abril 8 de 2019, sino porque sí provocaba terror, pánico, miedo y espanto, la simple cercanía de tropas zapatistas).

Disimulando, por supuesto, que otro revolucionario, como José Vasconcelos, consideraba al zapatismo una lacra (a uno no le crea nada, ahí chéquelo en “El desastre: El proconsulando”, de la autoría de don Pepe; vol. 2, México, FCE, 1982 -Memorias-, página 34); y que el mismo señor Vasconcelos decía lindezas de Zapata, como que era un “cacique mestizo autoritario que había tomado ventaja de la lucha india y reservado para su propio beneficio y el de su familia tierras usurpadas ilegalmente (…) el suriano era un analfabeta borracho y su movimiento estaba pobremente inspirado en “los horrores aztecas de los fusilamientos sin juicio”” (nota campechaneada del citado texto del señor Belén y de los escritos de don Pepito en “Ulises criollo: La tormenta”, vol. 1, México, FCE, 1982 -Memorias-, páginas 609 y 610).

Disimulando porque ya ni se acuerdan, que Zapata fue destituido por el presidente provisional Eulalio Gutiérrez (“Acuerdo de alta justicia destituyendo a los generales Francisco Villa, Emiliano Zapata y Venustiano Carranza, enero 15, 1915”; véalo en Román Iglesias González (comp.), “Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940”; UNAM-IIJ, sin fecha, páginas 744 a 751).

Disimulando todos sin excepción, que Zapata rompió con Madero, el apóstol de la democracia, al que don Emiliano le dedicaba chiflidos algo obscenos. Y que luego rompió también con Carranza… bueno, hasta que mandaron al vil Jesús Guajardo a asesinarlo, cosa fea. Eso sí.

Por supuesto Zapata no fue un demonio, ni un santo. Y por supuesto, gracias a él no quedó la lucha agraria como nota a pie de página en la historia nacional, aunque el verdadero personaje que atendió los afanes de nuestro campesinado, fue Lázaro Cárdenas, quince años después de la muerte del caudillo sureño. Con resultados por aclarar pero les cumplió, aunque siguieron (siguen) en la miseria.

Zapata firmó una carta el 17 de marzo de 1919, la última de su vida, que hizo pública, dirigida a Venustiano Carranza, entonces Presidente (y él no reconocía, cosas de don Emiliano), que se esconde y no se publica más, porque dice cosas que los sucesivos gobiernos, de 1919 a 2019, consideran “delicadas”, unos pocos ejemplos (sin respetar la ortografía de entonces):

“(…) Voy a decir verdades amargas; pero nada expresaré a usted que no sea cierto, justo y honradamente dicho. (…) para triunfar fue preciso pregonar grandes ideales, proclamar principios, anunciar reformas. (…) se pronunciaron palabras sugestivas; eran precisas, indispensables (…) Los procedimientos autocráticos eran inevitables para imponer a una sociedad refractaria a los principios nuevos. (…) Para establecer la libertad hay que valerse del despotismo. Sobre estos sofismas se fundó la autoridad de usted, el absolutismo y la omnipotencia de usted. Usted gobierna saliéndose de los límites fijados al Ejecutivo por la Constitución: usted no necesita los presupuestos aprobados por las Cámaras, usted establece y deroga impuestos y aranceles, usted usa de facultades discrecionales en Guerra, en Hacienda y en Gobernación; usted da consignas (…) se niega a informar a las Cámaras (…) ha instaurado en el país, desde el comienzo de la era constitucional hasta la fecha, una mezcla híbrida de gobierno militar y de gobierno civil, que no tiene de civil más que el nombre. ¡Con cuánta razón los gobiernos extranjeros no tienen confianza en el de usted! Las naciones extranjeras recuerdan la conducta de usted (…) y no tienen para usted sino recelos, desconfianza y hostilidad”.

Si le interesa, San Google la tiene. Léala, es de actualidad… ¡Zapata revive!

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